Mago de Arena del Desierto Ardiente - Capítulo 419

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—Llegaron tarde.

Jupiro frunció el ceño mientras miraba hacia el suelo.

La arena estaba hecha pedazos, como si algo se hubiera retorcido con violencia. En el centro yacían restos dispersos que parecían pertenecer a una bestia.

Trozos de hueso sin terminar de roer y pedazos de cuero inusualmente gruesos.

Rastros claros de por dónde había pasado el enjambre de langostas rojas.

—Debieron irse con prisa.

Si las langostas rojas hubieran tenido tiempo suficiente, hasta los huesos y el cuero habrían sido devorados sin dejar rastro.

—Está claro que sintieron que los perseguíamos.

—Maldito bastardo astuto.

Los rostros de Alonso y Criden se torcieron de rabia.

Se les había escapado Derod por muy poco, y eso los enfurecía.

Lo más desesperante de Derod era su conciencia fantasmagórica. Siempre se escabullía, evadiendo la persecución como un espectro.

Ya lo habían perdido más veces de las que podían contar.

Zeon observó con calma el lugar por donde el enjambre había barrido.

Los huesos y el cuero dispersos no bastaban para identificar a la bestia, pero por las marcas en el suelo, había sido una de gran tamaño.

Si las langostas rojas habían devorado una bestia tan enorme, entonces sin duda ya habían formado un ejército.

Había nacido una calamidad en el desierto.

Las bestias de rango B o superior, capaces de levantar campos de fuerza, quizá resistirían incluso un ataque del enjambre. Pero para rango C y menores, el enjambre era, sin exagerar, un desastre imparable.

Variantes únicas o bestias con habilidades especiales quizá sobrevivirían de alguna manera… pero el resto sería consumido, sin que quedara ni un solo hueso.

El problema mayor era la humanidad.

Lo que les pasara a las bestias importaba poco. Pero la vida de todos los humanos que vivían o viajaban por el desierto ahora estaba en peligro.

Neo Seúl, con sus barreras poderosas y defensas antimagia, probablemente seguiría a salvo. Pero los pueblos de supervivientes y los viajeros seguramente serían arrasados.

Había que detener a las langostas rojas antes de que su número aumentara todavía más.

Justo entonces—

—¿Y esto? ¿Llegamos tarde?

—Ese bastardo escurridizo ya se peló. Los humanos… de verdad.

Otro grupo apareció en el lugar.

Un elfo varón con armadura ligera, un hombre enorme de pecho desnudo, un enano con la barba hasta el pecho y, por último, una chica con un aire misterioso.

Su llegada hizo que Jupiro, Alonso y Criden fruncieran el ceño de manera instintiva.

Jupiro habló con voz cortante:

—Este no es el sector que les tocaba buscar, ¿o sí?

—¿Y qué importa, con esos sectores arbitrarios que ustedes los humanos se inventan? Lo que importa es que encontramos su rastro.

La respuesta vino fría, del elfo.

Tenía los rasgos esculpidos típicos de su raza, pero las palabras que salían de su boca eran sorprendentemente groseras y directas, nada de lo que uno esperaría de un elfo.

—¿O es eso? ¿Pretenden dejarnos fuera y quedarse ustedes con el crédito? Siempre he pensado que ustedes los humanos no saben cuál es su lugar… simples humanos, atreviéndose a—

—Ya basta, Corin.

La chica misteriosa lo cortó a media perorata.

El elfo, Corin, cerró la boca con expresión agria.

La chica se volteó hacia Jupiro y se disculpó:

—Perdón. Corin anda con los nervios de punta… está tenso. Por favor, entiéndelo.

—Está bien. No es la primera vez.

Jupiro respondió como si nada, aunque por dentro ya se le estaba pudriendo la cara.

La chica se llamaba Aronia.

Pertenecía a los Asil, uno de los linajes más raros de El Harun.

Los Asil no se veían distintos a los humanos.

Pero su mente y su sangre no eran lo mismo.

Nacían de humanos y hadas.

Aunque la sangre feérica se había diluido a lo largo de muchas generaciones, su forma de pensar seguía más cercana a las hadas que al hombre.

El gigante de pecho desnudo a su lado era Shaping.

Aunque se veía humano, era un hombre lobo.

En batalla o crisis, se transformaba en un lobo-hombre, liberando su fuerza.

El guerrero enano con un hacha pesada colgando del hombro era Dempleton.

Partir cráneos con esa hacha era su especialidad.

Por alguna razón, la relación entre el grupo de Jupiro y esos cuatro estaba lejos de ser amistosa.

Su disgusto por siquiera estar en el mismo lugar se les notaba en la cara.

Zeon lo entendió de inmediato.

¿Así que los humanos y las otras razas no se llevan?

En ese momento, la mirada del explorador elfo Corin cayó sobre Zeon.

Sus ojos se enfriaron al instante.

—¿Y por qué hay otro humano aquí?

—Es cierto.

—¿Qué?

Solo entonces Shaping y Dempleton notaron a Zeon, tensándose con recelo.

Jupiro lo explicó por él:

—Un humano con quien nos topamos por casualidad. No será una amenaza para nosotros, así que no hay necesidad de estar a la defensiva.

—¿Estás loco, Jupiro? ¿De verdad metiste a otro humano?

—Ya dije que fue por casualidad.

—Violaste las reglas de la ciudad. Eso no se perdona.

—¿Qué reglas? Nunca he oído una que prohíba tener contacto con humanos afuera. A mí me suena a que solo quieres pleito, Corin.

La voz de Jupiro se elevó para responderle. Dempleton dio un paso al frente, hacha en mano.

—¿Entonces te vas a poner del lado de este humano, Jupiro?

—Deja de buscar bronca, enano chaparro.

—¿Qué? ¿Chaparro?

—Si no te gusta, aprende tantito a ubicarte.

—Te atreves, humano maldito…

Dempleton se encendió, agarrando el hacha con ambas manos.

Corin y Shaping se colocaron a cada lado de él.

Alonso y Criden se movieron rápido para ponerse a los costados de Jupiro.

Ambos bandos se encararon, fulminándose, cuando Aronia soltó un suspiro suave.

—De verdad… ¿otra vez? ¿Cuántas veces vamos a pasar por esto?

Por su reacción, era evidente que esa rivalidad ya llevaba bastante tiempo.

Aunque los grupos se dividieron a ambos lados, Zeon no sintió un peligro real.

Simplemente miró, sin ver razón para responder.

Aronia, sin darse cuenta, asumió que él estaba intimidado.

—¿Cómo te llamas?

—Zeon.

—Tienes un aroma peculiar, Zeon.

—…¿Aroma?

—Algo muy familiar… incluso nostálgico…

Sus palabras se fueron apagando.

De Zeon emanaba una fragancia que no lograba identificar.

Por alguna razón, le revolvía las emociones.

—¿Dónde has estado recientemente?

—En la mina de piedras de maná.

—No es el aroma de la mina. Sé honesto. ¿A dónde fuiste?

Inclinó la cabeza y lo miró con una expresión inocente.

Cualquier hombre común, frente a un rostro tan puro, habría confesado la verdad.

Pero Zeon no era alguien que se dejara llevar por las apariencias.

—Es verdad. Vengo directo de la mina de piedras de maná.

—¿En serio?

—Sí.

—Qué raro. Hay una nota más dulce mezclada…

—Quizá mi aroma natural es así de bueno.

—…Puede ser.

Aronia asintió ante su excusa.

Corin le ladró:

—¡Aronia! No hables con ese humano.

—Pero…

—Piensa solo en la misión. Hablar con un externo solo te va a ensuciar.

—No se ve tan sucio… pero está bien.

Reacia a discutir, Aronia cedió.

Entonces Dempleton apuntó su hacha hacia Zeon.

—¿Cuál es tu propósito al acercarte a nosotros? Responde o te corto en dos.

—Yo no me acerqué a ustedes.

—¿Qué?

—Si nos ponemos estrictos, tus compañeros fueron los que se acercaron primero, cuando yo estaba descansando.

—Eso…

—Sé que los enanos son de mecha corta. Pero ¿no deberían aclarar los hechos antes de ladrar?

—¡Grrr!

Ante la réplica afilada de Zeon, el rostro de Dempleton se puso rojo como jitomate.

A Zeon le dio gracia el cambio.

—Un simple humano, atreviéndose a insultarme a mí, Dempleton…

—De verdad, los enanos… siempre el mismo carácter, los mismos arranques…

No todos los enanos eran así, pero los que Zeon había conocido sí lo eran.

Todos explotaban por tonterías, gritando que los habían insultado.

Parecía que media raza tenía problemas de ira.

La idea lo divirtió, y una sonrisa se le asomó en los labios. Dempleton lo tomó como burla.

—¿Te atreves a reírte de mí? ¡Imperdonable!

Levantó el hacha en alto para partir a Zeon, pero nunca tuvo la oportunidad.

—¿Qué estás haciendo, Dempleton?

Una voz fría detuvo su golpe.

Como si le hubieran echado un hechizo, Dempleton se quedó congelado con el hacha levantada.

Solo giró la cabeza hacia el origen de la voz.

Ahí estaba un hombre imponente, con una armadura ornamentada, una enorme espada a dos manos a su costado y los brazos cruzados mientras fulminaba con la mirada.

—¿C… capitán?

—Te pregunté qué estabas haciendo, Dempleton.

—Y-yo… solo fueron palabras, nada más.

Dempleton bajó el hacha con torpeza.

No le temía a nada en el mundo… excepto a ese hombre, que había aparecido sin hacer un solo ruido.

Su nombre era Uslann.

Líder de ese grupo multirracial.

Con la llegada de Uslann, Corin, que estaba encarado con Jupiro, desvió la mirada.

Por poco respeto que le tuviera a los humanos, no se atrevía a tratar a Uslann de la misma manera.

Fuerza abrumadora, combinada con un carácter despiadado.

No era casualidad que incluso Corin, Shaping y Dempleton bajaran la cabeza en cuanto él apareció.

Solo Aronia lo saludó con una sonrisa radiante.

—Llegaste un poquito tarde.

—Estaba reuniendo información. Y mientras no estaba, ¿este circo? ¿Por qué no los detuviste?

—Sabes que nunca me hacen caso. Aun así, lo siento.

—No importa. No es tu culpa.

Uslann se volvió hacia Zeon.

—Nos volvemos a ver.

—Eso parece.

—¿Qué pasó aquí?

—Anoche, tus hombres llegaron a donde yo estaba acampando. Desde entonces, hemos estado avanzando juntos.

Ante las palabras de Zeon, Uslann miró a Jupiro. Él asintió, confirmando que era cierto.

Uslann le ofreció una disculpa a Zeon.

—Los míos actuaron de manera impulsiva. Perdónalos.

—No pasó nada. De hecho fue entretenido.

El rostro de Uslann se torció un poco ante la respuesta.

Se sentía como si los defectos de su grupo hubieran quedado expuestos.

Solo alguien de su calibre podía mantener unido a un grupo tan mezclado. La mayoría de los equipos fracasaban.

Quizá esa era la limitación natural de El Harun, nacido de tantas razas amarradas a la fuerza.

Entonces, algo se le ocurrió a Uslann.

Miró a Jupiro.

—No me digas… ¿ya sabe de dónde somos?

—Lo dedujo por su cuenta.

—¿No se lo dijiste?

—Su percepción es… más aguda de lo que creerías.

Jupiro se veía frustrado.

Zeon habló en su defensa:

—Yo lo deduje. Lord Jupiro no tiene la culpa.

—¿Cómo lo supiste?

En lugar de responder, Zeon sacó una moneda de oro del bolsillo: la que Uslann le había dado.

Uslann tronó la lengua.

—Entonces fue mi culpa.

—En cierto modo, sí.

—¿Y entonces por qué viajas con mi gente?

—Digamos que nuestros intereses coinciden.

—¿Intereses?

—Parece que el que ustedes cazan es el mismo al que yo persigo.

—¿Tú también vas tras Derod?

—Más precisamente, estoy siguiendo el enjambre de langostas rojas. Personas que conozco fueron víctimas de eso.

—…Ya veo.

—Sí.

—Entonces viajar juntos por ahora quizá no sea tan malo.

Uslann asintió.

Corin y los demás traían caras de inconformidad, pero ninguno se atrevió a objetar en voz alta.

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