Mago de Arena del Desierto Ardiente - Capítulo 416

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—¡Guau! ¡Doble seis! ¡Los dos!

—Qué locura.

Vítores estallaron en el antro de apuestas subterráneo.

El centro de todo ese alboroto era un hombre de mediana edad, demacrado.

Dos dados yacían frente a él.

Ambos marcaban seis.

En el simple juego de lanzar dados, el resultado más alto era el doble seis, y con él, el hombre había ganado.

La gente lo miraba con envidia.

El pozo de esa ronda superaba los mil sol.

Dinero suficiente para comprar un kilogramo de piedras de maná, ganado con un solo tiro.

No era una fortuna capaz de cambiarle la vida, pero sí más que suficiente para compensar las pérdidas que había sufrido en los últimos días.

—Maldito suertudo.

—No le va a durar. Antes de que acabe el día, lo van a dejar en ceros.

Los hermanos gemelos que manejaban el local mascaban botanas mientras observaban al hombre que había lanzado los dados.

Él sonreía de oreja a oreja, como si fuera el hombre más feliz del mundo.

Si se fuera en ese mismo instante con sus ganancias, sería el vencedor. Pero los gemelos lo sabían bien.

Ese hombre jamás se iría con el dinero.

Una vez que alguien entraba al antro, nunca salía por su propia voluntad.

Incluso sin coerción ni amenazas, se quedaban hasta que desaparecía hasta la última moneda.

Tal vez alguien ganaba por un rato, pero el dinero casi nunca salía del salón de apuestas.

Al final, todo terminaba engordando los bolsillos de los gemelos.

¡Clunk!

En ese momento, la puerta del local se abrió.

Los gemelos alzaron la vista, esperando que entrara otro incauto. Pero en cuanto vieron de quién se trataba, el color se les fue del rostro.

El hombre que entraba era a quien temían más que incluso al alcalde de Neo Seúl.

—¿Zeon?

—¿Qué diablos hace aquí?

Eran los mismos gemelos que alguna vez se habían cruzado con Zeon por culpa de Park Man-ho… y habían sido despojados hasta del alma.

Ni en sus peores pesadillas habían esperado que Zeon regresara allí. Por eso su terror era aún mayor.

Zeon caminó hacia ellos.

—Ha pasado un tiempo. Por sus caras, ¿les ha ido bien?

—E-eh… ¿qué lo trae por aquí, señor?

El hermano mayor logró recomponerse primero y saludarlo.

—Nada grave. Solo quiero averiguar un par de cosas.

—¿Aquí? ¿En el salón de apuestas?

—Este lugar sabe más sobre las minas que cualquier otro, ¿no?

—Ah… sí. Eso es cierto.

Solo entonces el rostro del hermano se relajó un poco.

Se dio cuenta de que Zeon no había venido con malas intenciones.

La información sobre las minas de piedras de maná fluía de manera natural hasta ese lugar.

Los gemelos ni siquiera tenían que recopilarla: los apostadores hablaban de más mientras jugaban.

Con solo sentarse ahí, uno terminaba conociendo los secretos internos de las minas.

El hermano le ofreció un asiento a Zeon y preguntó:

—¿Busca alguna información en particular?

—Dos cosas. Primero, quiero saber si recientemente han desaparecido grupos de incursión o equipos de caza. Y si es así, hacia dónde se dirigían.

—¡Ah! Ahora que lo menciona, hay varios equipos de caza que no han regresado.

—¿De verdad?

—Sí. Ya se pasaron sus fechas de regreso, y se habla de enviar exploradores tras ellos. Todos habían ido a cazar al norte de las minas.

—¿Eso fue reciente?

—Sí. Lo escuché de uno de los funcionarios de la mina hace apenas unos días; es seguro.

Zeon frunció el ceño.

Eso significaba que las víctimas de las Langostas Rojas podían ser muchas más de lo que había pensado.

El gemelo menor preguntó con cautela:

—¿Y la segunda cosa?

—Quiero saber sobre un hombre que entró hoy a las minas.

—¿Señor?

—Se llama Uslann. Llegó hoy a Neo Seúl.

—¿Quién es?

—Eso es lo que quiero averiguar.

—¿Quiere que le pongamos a alguien encima?

—Si intentan seguirlo de cerca, lo notará de inmediato. Solo vigílenlo a distancia mañana. Todo lo que necesito saber es con quién se reúne.

—Entendido.

El hermano menor sintió un alivio silencioso.

Aunque Zeon les hubiera pedido algo mucho más exigente, no habrían tenido más remedio que obedecer.

Si quisiera, Zeon podría borrar su antro de apuestas sin dejar rastro alguno.

—Entonces, se los dejo a ustedes.

—¿Ya se va?

—Quedarme aquí solo los pondría nerviosos, ¿no?

—Mm.

—Entonces me voy.

—Ah… ¿a dónde le enviamos la información?

—Volveré mañana por la noche.

Zeon se levantó y se marchó sin dudar.

—¡Uf!

—¡Mierda! Casi me meo del susto.

Ambos gemelos soltaron suspiros de alivio en cuanto Zeon se fue.

Sintieron como si hubieran envejecido diez años en un instante.

Así de pesada era su presencia.

El hermano mayor habló:

—Saquen a los muchachos a las calles. Encuentren a ese Uslann o como se llame el bastardo.

—Entendido.

El menor respondió y se levantó de inmediato.

***

Zeon pasó el día en las minas reuniendo información.

Había pedido ayuda a los gemelos, pero recolectarla de primera mano era más confiable.

Y así se enteró de que el número de personas que no habían regresado era mucho mayor de lo esperado.

Más de trescientas.

Y aun así, la mayoría ni siquiera se había dado cuenta.

Simplemente pensaban que esos equipos iban retrasados.

La situación era más grave de lo que había supuesto.

Por la noche, pasó por el antro de apuestas.

Para escuchar lo que habían averiguado sobre Uslann.

Pero casi no había nada.

Después de separarse de Zeon, Uslann había desaparecido.

Los gemelos creían que ya había salido de las minas.

Zeon coincidió.

Si se hubiera quedado, no había forma de que no lo hubieran notado.

—Tal vez volvamos a cruzarnos en el desierto.

Eso era lo que sentía.

Haberse encontrado con él ahí no había sido una coincidencia.

En su mundo, no existían los encuentros casuales.

Los destinados a encontrarse siempre lo hacían, y esos encuentros inevitablemente se entrelazaban con destinos mayores.

Sentía ese mismo tirón con Uslann.

Era seguro: era alguien con quien volvería a encontrarse.

Zeon sacudió la cabeza ligeramente y se dirigió hacia la salida de las minas.

Los Despertados que custodiaban la entrada lo miraron con curiosidad.

—¿No va a tomar un vehículo?

—Prefiero caminar.

—Ah.

Lo entendieron al instante.

Para la gente común, viajar lejos requería transporte. Pero para Zeon, el Maestro de la Arena, los vehículos no eran más que un estorbo.

En cuanto salió, Zeon activó Paso de Arena.

Caminó con la ligereza de quien da un paseo, dejando a los Despertados mirando con asombro su figura que se alejaba.

—Guau, sus pies ni siquiera se hunden en la arena.

—Claro que no. Es un Maestro de la Arena. La propia arena lo ayuda a avanzar.

Zeon dejó que sus voces pasaran de largo mientras caminaba.

En cuestión de momentos, ya estaba lejos de las minas.

Cuando llegó a un lugar fuera de la vista, aceleró el paso.

Un hombre común habría temido viajar solo por el desierto.

Con monstruos acechando por doquier y la dificultad de mantener el rumbo en esa inmensidad, incluso los fuertes terminarían colapsando por el agotamiento.

Por eso los Despertados siempre se movían en equipos.

Cuanto más tiempo sobrevivía alguien en el desierto, más valiosa se volvía su experiencia y mayor era el respeto que recibía.

Pero Zeon no necesitaba compañeros.

Su poder estaba hecho a la medida del desierto.

Ssshhk!

Con solo observar el flujo de la arena, podía saber qué tipo de bestia yacía debajo.

—Escorpión Negro.

Incluso mientras hablaba, uno estalló fuera de la arena.

Su especialidad era esperar oculto y emboscar a su presa.

Pero su emboscada no significaba nada para Zeon.

Ya lo había percibido. Y el terreno no era más que arena.

¡Crunch!

Antes de que pudiera siquiera alcanzarlo, la arena lo despedazó.

Su caparazón duro fue triturado al instante, colapsando en arena ensangrentada.

Zeon siguió caminando sin mirar atrás.

Una y otra vez, bestias ocultas en el desierto intentaron atacarlo.

Todas fallaron.

Pasó todo el día caminando hacia el norte.

Por fin, se detuvo al llegar a una vasta cuenca.

Rodeada de dunas imponentes, albergaba los restos esqueléticos de una bestia gigantesca.

Cinco metros de alto, diez metros de la cabeza a la cola: una colosal bestia de rango C conocida como el Hipopótamo Explosivo.

Como su nombre lo sugería, se parecía a un hipopótamo.

Cuando permanecía demasiado tiempo bajo el sol, sudaba un líquido rojo que chorreaba de su cuerpo como lluvia.

Cuando se enfrentaba a un enemigo, se sacudía, rociando ese sudor. Y cualquier gota que tocara carne explotaba.

Su piel era tan gruesa que ni siquiera los colmillos de bestias de su mismo tamaño podían perforarla.

Su temperamento era tan feroz que no toleraba intrusos en su territorio.

Pocos equipos de caza se atrevían a intentarlo.

El riesgo era enorme, pero el cadáver no valía gran cosa.

Y como no reaccionaba a menos que alguien invadiera su territorio, nadie tenía motivos para provocarlo.

Sin embargo, ahí yacía, reducido a huesos.

Zeon frunció el ceño al acercarse.

—Las Langostas Rojas…

Incluso por los huesos era evidente.

El esqueleto blanco estaba lleno de marcas: señales de langostas royendo incluso el hueso.

Aun así, no habían podido terminar el trabajo. Los huesos del Hipopótamo Explosivo eran simplemente demasiado duros.

Zeon extendió la mano y los rozó.

—Reciente.

Si hubiera ocurrido hace mucho, los huesos se habrían oscurecido. Que estuvieran tan blancos significaba que había pasado solo uno o dos días.

—Para despojar a una bestia tan grande hasta los huesos… su número debió de haber crecido.

No bastaban unos cuantos cientos.

Había una razón por la que el Hipopótamo Explosivo era de rango C.

Para atravesar su piel y matarlo, miles debieron atacar al mismo tiempo.

Ahora, tras devorar una presa así, seguramente se estarían reproduciendo otra vez en algún lugar.

Esa era la vida de las Langostas Rojas: comer, excretar, reproducirse.

Zeon miró alrededor, murmurando:

—Deben haberse escondido en algún sitio adecuado para poner huevos.

Ni siquiera él lo sabía todo sobre las bestias del desierto.

No tenía idea de dónde ponían sus huevos las Langostas Rojas.

—Aun así, lo más probable es bajo tierra.

La mayoría de las bestias tipo insecto preferían la oscuridad, el subsuelo. Era natural que se reprodujeran ahí.

Zeon razonó que las Langostas Rojas no serían diferentes.

—Bajo tierra… hmm.

Subió a una duna y examinó la zona.

Extendió su dominio, pero no percibió ningún espacio subterráneo cercano.

—¿Será mejor buscar desde más arriba?

Al pronunciar esas palabras, la arena se elevó como un pilar, levantándolo por los aires.

A decenas de metros de altura, escaneó el horizonte.

No había rastro de ningún enjambre.

—Uf. Esto va a llevar tiempo.

Pero no tenía ninguna intención de rendirse.

Si había algo que a Zeon le sobraba ahora, era tiempo.

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